Prácticas del cuerpo en situación de riesgo: performatividad, medios y espectacularización

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Vigésimo Primera Edición Julio 2021
Actualizado: Tuesday, July 27, 2021 - 11:28

Fernando Falconí (Falco), Doctorando Posgrado en Artes, U.G.


Introducción
El presente artículo reflexiona sobre ciertas convergencias y divergencias entre manifestaciones del accionar del cuerpo que vienen de la performance artística y otras desde programas televisivos, la industria del espectáculo y el entretenimiento así como desde youtubers e influencers. El principal factor en común es la puesta en riesgo del cuerpo ante situaciones relacionadas con violencia, dolor y resistencia.

“Hola, mi nombre es Johnny Knoxville y esto es Jackass” era la célebre frase repetida por su principal protagonista, antes de enfrentarse a un nuevo y osado desafío físico. Hoy se los podría llamar incluso “retos”, aludiendo a aquellas acciones que circulan en las redes y que gente de todo el mundo las realiza, buscando visibilidad, probarse algo a sí mismo y a los demás o simplemente como un juego. Pero esos retos no eran cualquier reto. Ni eran para cualquiera. Jackass fue una serie de televisión en la que -bajo la etiqueta de comedia- el reparto llevaba a cabo diversas actividades arriesgadas, peligrosas y dolorosas para impresionar o divertir así a los televidentes, en tiempos que aún no existía youtube ni las redes sociales y sus posibilidades de video. En ese entonces el monopolio en la producción, difusión y consumo masivo audiovisual lo manejaban el cine y la televisión. Ubicando cronológicamente al programa en cuestión, estamos hablando de la época de transición de esa hegemonía de las salas de cine y la televisión a una diversidad de contenidos multimedia alojados en internet, pasando por los videos rentados para verlos en casa y el DVD.

Jackass, transmitido por MTV, tuvo una vida corta: apenas 23 episodios repartidos en tres temporadas que se emitieron entre el primero de octubre de 2000 y febrero de 2002. Para esta serie televisiva, que en poco tiempo adquirió gran popularidad, Knoxville realizó una significativa cantidad de arriesgadas “proezas”. Por ejemplo, cubrirse buena parte de su cuerpo semidesnudo con abejas, recibir golpes en sus genitales cubiertos por un protector o ser forrado con pedazos de carne cruda que atraían las mordidas de perros alistados para el efecto. O recibir un disparo de pistola de paintball en su pierna, desde aproximadamente dos metros de distancia. En todo caso, un disparo menos dramático que el que recibió el célebre performer estadounidense Chris Burden, quien en 1971 realizó su obra “Shoot” (Disparo). En ella, un cómplice amigo le disparó en su brazo izquierdo con un rifle calibre 22, a una distancia de unos 5 metros. No fue la única performance de riesgo que realizara Burden durante su carrera. El polémico artista tiene acciones como: electrocutarse, crucificarse sobre un Volkswagen, gatear semi desnudo sobre vidrios rotos, sumergir la cabeza en agua hasta casi desmayarse.
En este punto, muchos podrían llegar a pensar que el artista contemporáneo Burden podría ser el protagonista de una serie como Jackass… una estrella mediática. O que un popular comediante y doble como Knoxville podría ser un reconocido performer artístico de inicios del siglo XXI. ¿Qué tan cierto podría ser esto? Y, más allá de esos dos nombres señalados, de esos dos casos concretos… desde una mirada contemporánea, ¿cómo abordar y analizar este tipo de relaciones, convergencias y desdibujamientos de campos posibles entre performeros, actores, comediantes, dobles, protagonistas de reality-shows y youtubers? Dependerá, obviamente, de las intenciones que tengan cada uno de ellos, más allá de sus posibilidades y habilidades trans-campo. Y de quienes los legitiman, y con qué fines. Y hacia qué públicos y consumidores se dirigen sus contenidos.

Lo llamaban el poeta boxeador. En verdad, Fabien Avenarius Lloyd, suizo nacido en 1887, adoptó múltiples personajes e identidades (pasaportes falsos incluidos) para moverse alrededor del mundo, y literalmente, hacer lo que le viniera en gana. Mas, es como Arthur Cravan que se le conoce en la historia, básicamente del arte, la literatura y la anarquía, distinguiéndose por sus excentricidades y provocaciones de todo tipo. En 1916 boxeó en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona contra el campeón del mundo Jack Johnson, apodado “El Gigante de Galveston”, quien lo dejó KO en el sexto asalto. Antes no, pues Johnson había cobrado una suma de dinero que estipulaba una mínima duración del combate. Más allá de la predecible derrota, hasta ahora ha sido el único poeta conocido que se ha fajado con un campeón mundial. Según algunos, este combate sería el primer “happening” en la historia del arte. Al menos desde las Vanguardias de principios del siglo XX, donde Cravan fue inspiración pura y dura para los dadaístas.

A finales de la década de los 90 y la primera de los 2000, Erci “Butterbean” Esch ganó amplia fama en la división boxística de los pesos pesados por su corpulencia, carisma y sobre todo por la potencia de sus golpes. Para “Jackass: The Movie” (2002), Johnny Knoxville había planeado un enfrentamiento con Mike Tyson, como una de sus acciones extremas o de riesgo. El ex campeón mundial no aceptó la invitación y su lugar fue tomado por Butterbean, quien en menos de un minuto noqueó a Knoxville en un local de ropa de un centro comercial en Los Ángeles.

Actualmente, el impacto mediático de las vanguardias de principios del siglo XXI lo disputan influencers y youtubers con las y los artistas contemporáneos. El 6 de junio de 2021 hubo un combate de boxeo en Estados Unidos, en el Hard Rock Stadium de Miami Gardens, Florida: así mismo dispar entre sus contendientes, pero millonario en ganancias. Se enfrentaron Logan Paul, uno de los youtubers más populares de USA y Floyd Mayweather, campeón mundial que lleva un récord de boxeo profesional invicto de 50-0. La pelea de exhibición duró ocho asaltos. Técnicamente ganó Mayweather, pero sin victoria por KO. Finalmente, eso no es tan importante cuando las que ganaron de forma contundente fueron las cuentas bancarias de ambos peleadores. Y el show business.

La sociedad del espectáculo[1] en la que vivimos está cada vez más ávida de este tipo de eventos que rompen con cada nueva cotidianidad, con la cotidianidad de nuestra época y de las épocas anteriores. En el qué y el cómo. Por eso tanto éxito de influencers y personas que no solo divulgan y activan sus particulares contenidos en plataformas digitales, sino que se activan ellos mismos, buscando cada vez más traspasar límites físicos, psíquicos e incluso éticos. Son también hijos sanos o insanos de las sociedades de estos tiempos. De sus demandas de consumos culturales y relaciones sociales desde experiencias diversas, incluso extremas, así estas quiebren o parecieran quebrar los límites imaginables o instituidos. Algo tampoco tan alejado de ciertas prácticas o corrientes del arte contemporáneo que se preocupan más por la espectacularización y mediatización de sus formas, antes que por los contenidos o discursos de fondo. O simplemente, priorizan el “todo vale”, sea lo que sea y trasgreda lo que trasgreda ese todo.

Si hubiese habido internet en la época de Arthur Cravan, o viviese en este tiempo, ¿habría sido un youtuber o ticktocker famoso con miles de visitas? De ser así, hubiera incluso podido monetarizarlas y quizá viviría una situación menos precaria e incierta que en su época, menos con el cuerpo y el alma a la intemperie. O tal vez, a pesar de haber tenido ganancias económicas por sus arriesgados y extravagantes actos, no contaría con bonanza financiera. O quizá, simplemente no le hubiese interesado entrarle al show business y al espectáculo mediatizado. Nunca se sabe a ciencia cierta con los espíritus libres e indómitos.

Ubicados en la tercera década del siglo XXI, la próxima pelea mediática con un campeón mundial de boxeo, o de artes marciales mixtas, ¿será desde un performero artístico, desde un agente mediático del entretenimiento o desde un youtuber, tiktoker o influencer con canal más o menos autónomo? Decir combate es plantear un escenario, poner un ejemplo. A la final, me refiero a actos transgresores, extremos, radicales o temerarios (incluso suicidas) que puedan convertirse en un show; en un espectáculo popular, incluso masivo. Siempre habrá productores para esto, así como cámaras y medios de comunicación para su cobertura y difusión, en la medida que la fama de quien lo haga pueda ser capitalizada y monetarizada.

La sociedad global en la que vivimos tiene una sed diaria y permanente de espectáculos, de imágenes y acciones que rompan, trastoquen la rutina, la generalidad, el formato vida cotidiana. Y requiere así mismo de propuestas o actos cada vez más innovadores, transgresores. “Nunca es suficiente” parecería ser un eslogan humano de todos los tiempos. Plataformas como Youtube, Instagram o todas las grabaciones y transmisiones en general de audiovisual en internet, así como un fresco y dinámico Tiktok, permiten a cualquier persona ponerse en escena y ser protagonista, activar su corporalidad en el aquí y ahora y diseminar contenidos y registros de manera global. Ahora, vivimos un tiempo también de profunda banalización y despolitización de las imágenes, los acontecimientos y los cuerpos en acción, los cuerpos en escena. Cuando el artista Burden hizo que le dispararan a quemarropa a inicios de los 70, era también una respuesta con y desde el cuerpo a la guerra del Vietnam, una toma de posición no solo estética sino social y política, como si con su corporalidad e integridad vulnerada pudiese absorber y superar la violencia de las armas de fuego. O ser inoculado por el crudo impacto de la bala en su brazo, como una forma de procesar y trasmutar el terrible conflicto armado en el cual su país estaba involucrado. Pero cuando Knoxville se expone a disparos o golpes directos a su cuerpo, lo hace básicamente como un espectáculo para la teleaudiencia, para las masas ávidas también de sangre, morbo y violencia mediatizada. Es un show comercial, un producto más o menos original, más o menos enlatado desde las industrias del entretenimiento, vaciado de contenidos más elaborados o profundos, de los cuales no requiere. No importa lo banal, frívolo, decadente o bizarro que se pueda ser. Lo importante es que se venda y consuma, que genere una audiencia y un rating que se traduzca en un valor comercial dentro de un sistema capitalista que a todo le pone precio, y que de todo puede sacar réditos económicos. Todos podemos llegar a ser productos tasables, destazables y consumibles.

Cada vez más se producen y propagan -tanto por los medios de comunicación oficiales o institucionales como por canales propios en internet- acciones superficiales, acríticas y despolitizadas en las que predomina la forma, el morbo, el sensacionalismo y la espectacularización antes que el fondo. Es entonces que toma especial importancia y relevancia las posibilidades y desafíos del arte de acción, de la performance artística y poética, del arte relacional y del arte contemporáneo en general como un medio, una posibilidad, un reducto y sobre todo una vocación y compromiso de generación de significados y significantes reflexivos, críticos, políticos, contestatarios. Son también dispositivos de resiliencia, disidencia y resistencia que pueden trascender, salir a flote en el mar de la banalización, aplanamiento de sentidos/contenidos y culto a la violencia por la violencia. Y sobre todo, de espectacularización, capitalización y comercialización de todo no solo desde la institucionalidad artística sino principalmente desde las grandes plataformas, empresas y medios que desde y con su poder nacional y transnacional, diseñan, programan y controlan o buscan controlar, colonizar las subjetividades, sensibilidades, emotividades, deseos y estéticas a nivel global, más allá del derecho individual de cada persona a expresarse como quiera por los medios que quiera y pueda, y de las autonomías y soberanías de los cuerpos diversos.

Chris Burden murió en el 2015, 18 meses después de que le fuera diagnosticado un melanoma. Johnny Knoxville está retirado de la acción; se encuentra casado y tiene tres hijos. Jack Johnson, tras una vida de persecución por ser negro, murió en un accidente de tráfico en 1946. Butterbean ya no boxea, vive con su familia y está dedicado a la carpintería. Logan Paul sigue siendo una celebridad en internet, generando cuantiosas ganancias con sus contenidos. Floyd Mayweather, considerado el deportista más rico del mundo, lleva un buen tiempo sin boxear pero sigue acaparando cámara. Arthur Cravan desapareció en 1918 en algún lugar del Golfo de México, durante su travesía por el Atlántico rumbo a la Argentina. Su cuerpo nunca fue encontrado.

 

Cita y referencia bibliográfica

[1] La sociedad del espectáculo (La société du spectacle) es el título de un trabajo de filosofía publicado en 1967 por el situacionista, teórico político y cineasta francés Guy Debord.